Butoh creativo y expresionista en el Teatro de la Danza

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Butoh creativo y expresionista en el Teatro de la Danza

 

En una búsqueda constante del corazón de la existencia humana y a través de un provocativo arte físico, llegó la noche del martes 2 de agosto al Teatro de la Danza del Centro Cultural del Bosque Vasija de ruinas, espectáculo de danza butoh del japonés Taketeru Kudo, quien se presentó por primera vez como solista en nuestro país.

Este trabajo surgió del encuentro con la realidad humana y la necesidad de volver al origen, una metáfora del mundo moderno que cuestiona cómo nos hemos separado de nuestro ser primario y de nuestras raíces. Es una obra que habla de la evolución, la condición humana, la muerte y la resurrección; todo sucede en la vasija vacía: el cuerpo humano.

Heredero de los pioneros del butoh, como Koichi Tamano y Yukio Waguri, Taketeru Kudo mostró que su paisaje y raíz espiritual son un golpe que fractura los preceptos de la cotidianidad y rompe con la línea temporal a la que estamos habituados.

Vasija de ruinas es reflejo de una realidad en la que todo ha sido quemado y destruido, reminiscencia de los orígenes de esta expresión que inició con la guerra y los fatídicos bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945, lo que detonó la búsqueda de un nuevo cuerpo, el cuerpo de la posguerra.

Kudo toca al espectador en una confrontación desnuda con la existencia, a través de un butoh creativo y expresionista en el que las emociones primitivas encuentran su cauce en el cuerpo brioso del bailarín.

En poco más de una hora puso de relieve los límites insospechados del cuerpo humano por medio de una gran capacidad física y una fuerza que se dejó ver en su musculatura y temple; en una búsqueda que abandona la belleza tradicional en pos de la expresión de estados internos.

Su danza opone resistencia a la levedad del mundo moderno. En una relación poco habitual con el espacio explora las infinitas posibilidades del cuerpo como instrumento de lucha, para que este hable por sí mismo. Música y silencio en continua oscilación.

La obra coreográfica de Kudo es frontal; desploma toda su fuerza ante el público y lleva al bailarín a transformarse en escena, a convertirse en piedra, fuego o bestia con un cuerpo dislocado que se vacía a cada instante, con gestos severos, emociones humanas llevadas al límite y sonoridades corporales primitivas que surgen de las entrañas y trastocan el espíritu.

Esta pieza es una invitación para recuperar la vida, para construir una nueva cultura desde las ruinas de la humanidad.

Fuente: INBA

 

 

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